viernes, julio 01, 2016

La ignorancia es peligrosa

por Ada Inés Lerner, Luciano Doti & Rolando José Di Lorenzo

Julia se desnudó delante de los dos aliens escondidos en el placar que espiaban sus movimientos. Entró a ducharse y Kiev aprovechó la puerta abierta para ir detrás de ella, por curiosidad. Luego, ya relajada de la trajina diaria, la mujer se recostó. Rem quedó escondido. Kiev y Rem eran machos y conocían la sexualidad humana pero no la violencia de algunas féminas. Julia, adormecida y con placer, dejó hacer a Kiev... para después cercenarle la cabeza, como lo hubiera hecho una mantis religiosa.
Rem se asustó mucho con ese acto, por lo que se le acercó a Julia lentamente, con las manos a la vista, y mediante señas le hizo saber que se haría cargo del cuerpo y que no quería problemas. Julia observó mientras el alien se comía a su compinche. Rem estaba temeroso, nunca hubiera imaginado una actitud así de una terrícola. Cuando terminó con el último pedacito de su congénere, se incorporó y vio con terror que ella estaba nuevamente en la cama, esperándolo. Rem realizó vigorosamente el acto que la fémina humana esperaba, tanto que a Julia se le fue el adormecimiento y su placer fue doble. 
Pero llegado el momento en que Rem debería haber perdido la cabeza, Julia optó por no hacerlo. Decidió conservar a ese alien para disfrutarlo otras veces más. Lo que ella ignoraba era que al comer Rem el cuerpo de Kiev, adquirió las energías de este duplicando las suyas. Fue eso y no otra cosa, en definitiva, lo que la indujo a conservarlo.

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jueves, junio 16, 2016

El hundimiento

por Sandro Centurión, Alejandro Bentivoglio & Luciano Doti

La nave se está hundiendo. Tratamos de encontrar al culpable. La mayoría de los pasajeros parecen tener objetos sospechosamente puntiagudos en sus manos. Excepto nosotros, aunque algunos nos señalan. Quizás porque parecemos demasiado inocentes. Y estamos seguros de que lo somos. 
Sin embargo, los otros también dicen ser inocentes, pese a que el agua está entrando cada vez más rápido y el barco se hunde irremediablemente. Es cierto que podríamos hacer algo, pero la duda de quién es culpable resulta mayor.
El agua se apodera del piso de la nave. A los demás parece no importarles, es evidente que sus sospechas ganan fuerza y consenso. Nuestra suerte está ligada a la tragedia de este misterioso hundimiento. Un hundimiento como otros tantos que ocurren en estos días, en estas latitudes. 
Acaso sólo nosotros queremos evadir lo inexorable. Tal vez se puede escapar del destino, emerger y flotar, a la deriva pero vivos, sobre el agua salada que ahora nos mordisquea las rodillas.
Dirigimos una mirada hacia ellos buscando una explicación. Los pasajeros son instrumentos de un poder superior, su misión se está cumpliendo tal cual lo planificado, y somos nosotros los que podríamos evitar ese final que fue decretado por quien digita lo que pasa en este infierno marítimo. 
Jamás imaginé que los seres mitológicos pudieran ser verídicos, pero lo veo ante mí; cada uno de esos objetos puntiagudos conforma su horquilla. ¡Eres tú el que nos hunde, rey Neptuno!

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Luciano Doti

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sábado, abril 16, 2016

Las tejedoras

 por Luciano Doti, Patricio G. Bazán & Erath Juárez Hernández
 
El Señor Li Yuan T’ang, terror de las estepas, ignoró homenajes y súplicas que lanzaban sus súbditos a medida que avanzaba hacia su tienda, montado en su magnífico caballo negro que piafaba nervioso. Él también lo estaba: tomaba lo que quería y nada se le negaba, excepto esa potranca extranjera que había raptado. Bien, esta noche sería suya. Penetró en sus aposentos dispuesto a domesticarla, pero en cambio se topó con tres ancianas horribles que lo señalaron:
—No puedes hacerlo.
—¿Y ustedes quienes son para impedírmelo?
—Hemos consultado al oráculo y se nos ha dado una profecía: El señor de las estepas procreará un hijo bastardo quien más tarde lo despojará de todo lo que posee y beberá su sangre.
Li Yuan se carcajeó y después de ordenar que mataran a azotes a las tres brujas, se ocupó de ultrajar a la extranjera toda la noche, para luego dárselas a sus soldados para que hicieran con ella lo que quisieran.
Cuando la extranjera ya sucumbía agotada tras la sobredosis de virilidad recibida, fue erróneamente dada por muerta. Entonces, se le aparecieron las tres brujas tejedoras provenientes del inframundo.
—No tienes por qué morir. Te ofrecemos un pacto para seguir viviendo.
La extranjera, encinta, lo aceptó.
Así, sin saberlo, Li Yuan se convirtió en padre de un niño que de adulto cumplió la profecía.
Por alguna razón, madre e hijo rehuían al ajo y no se exponían nunca bajo el sol.

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martes, febrero 16, 2016

Cambiar el rumbo

por Luciano Doti, Ada Inés Lerner & María Brandt

—Este es el segundo planeta en el que estamos viviendo, pero al igual que en el anterior los sistemas de seguridad son manejados por máquinas que deciden el futuro de los habitantes. Tememos tanto a los ciberataques como a las guerras interplanetarias.
Somos frágiles insectos en sus cálculos. —El orador se detuvo y miró a los presentes—. Esto sirve para recordar que debemos ser cautos, posiblemente en estos momentos nos estén escuchando y viendo… —Sonó un click débil y el orador parpadeó, mientras a sus espaldas se activaba una pantalla. Una fascinante criatura de piel completamente azul y enormes ojos orlados de pestañas, en tres dimensiones, sonreía con una de sus cuatro bocas, mientras las otras tres emitían una melodía deliciosa.
—Para combatir el estrés y hacer frente a los desafíos que nos apremian, nada mejor que adquirir una de nuestras sirenas, maravillas biotecnológicas, capaces de desviar las altas frecuencias, confundiendo a nuestros enemigos y haciendo más seguro nuestro ambiente. Están disponibles desde este mismo momento para este selecto auditorio.
Entre los oyentes había varios interesados. La sirena tenía su encanto. Su sonido era necesario para ahuyentar a cualquier ser que pretendiera atacarlos. Así, esos malditos tendrían que cambiar el rumbo, orientando su ofensiva hacia otra civilización. Adquirir ese espécimen biotecnológico podía significar liberarse de aquella opresión, de esa sensación de vivir con miedo. Lo otro... era un beneficio extra. La sirena poseía cuatro bocas, y todos estaban seguros de que siempre hallarían a tres amigos dispuestos a poner la cuarta parte del dinero para comprarla y compartirla.  

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lunes, noviembre 16, 2015

El transmisor

por Luciano Doti, Javier López & Begoña Borgoña

Mi pensamiento, aunque coherente, es lento; así es mi raza. La pequeña esfera que rueda en nuestra cabeza tarda en recorrer el interior del cráneo y decodificar la información, pero funciona mediante procesos lógicos contundentes. En situaciones de emergencia, se activan células cargadas de mercurio, convirtiendo en rápidas nuestras reacciones. Las toxinas de la orina las reservamos, mezcladas con un líquido venenoso producido por la glándula ptotoriasa, en una vejiga debajo de las orejas y, cuando es necesario, lo expulsamos. Esto origina una oxidación rápida de nuestro organismo y, por tanto, tratamos de limitar el proceso. No obstante, como se sabe, el mercurio es considerablemente pesado, y esta razón ha llevado a un famoso y desaprensivo médico a poner en situaciones de toma de decisiones rápidas a sus pacientes. De esta manera provoca la afluencia y posterior eliminación del mercurio, método conocido como “dieta Dulcano”. El problema es que, conforme adelgazan, los sujetos envejecen y se vuelven estúpidos.
La mayoría de los habitantes con ese problema son jóvenes del género femenino; la obsesión por adelgazar las ha inducido a someterse a esa dieta. Por la lentitud que ha adquirido su sistema de transmisión de reacciones, ya no pueden vivir con el ritmo de la sociedad moderna y son exiliadas en un satélite cercano, donde reciben la visita de varios ejemplares que las eligen como compañía. 
Es que, tras un lifting corrector del envejecimiento, la delgadez las hace lucir muy atractivas.

Acerca de los autores:
Begoña Borgoña
Luciano Doti
Javier López

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miércoles, septiembre 16, 2015

Nada dura para siempre

por Luciano Doti, Marcelo Sosa & Ada Inés Lerner

Los tortolitos, todavía huyendo del marido cornudo, se refugiaron en un hostal viejo, casi derruido, un poco lamiéndose las heridas que él les había infligido, pero gozosos de estos momentos de placer, más bien lujuria, que les deparaba la soledad. Nada dura para siempre, dice la canción, y resultó que el esposo engañado, para tratarlo con respeto, tenía un amigo de un amigo del hermano de un comisario que había pasado por la misma humillación y decidió tomar cartas en el asunto. El policía se apersonó en ese hotel y solicitó hablar con el amante de la señora adúltera. En realidad, era ella la que cometía la infidelidad, la falta al matrimonio, aunque en la mentalidad machista del comisario, un hombre sólo podía hablar con otro hombre. Era él el que se había llevado una hembra que no le pertenecía; ni hablar del hecho de que ella había dado su consentimiento: la voluntad de una mujer casada no valía nada. La charla giró en torno a asuntos pasados, imposibles de rectificar. El daño ya había sido hecho, nada podía hacerse para reparar el honor del marido engañado. Ademanes, gritos, contoneos nerviosos y pitadas de cigarros negros se sucedieron en una coreografía infernal que fue caldeando los ánimos hasta que todo se llenó de electricidad. Tres disparos al amante y siete a la infiel fue el saldo de esta excitante aventura siniestra, que mientras duró, los había hecho sentir tan vivos.

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