sábado, abril 16, 2016

Las tejedoras

 por Luciano Doti, Patricio G. Bazán & Erath Juárez Hernández
 
El Señor Li Yuan T’ang, terror de las estepas, ignoró homenajes y súplicas que lanzaban sus súbditos a medida que avanzaba hacia su tienda, montado en su magnífico caballo negro que piafaba nervioso. Él también lo estaba: tomaba lo que quería y nada se le negaba, excepto esa potranca extranjera que había raptado. Bien, esta noche sería suya. Penetró en sus aposentos dispuesto a domesticarla, pero en cambio se topó con tres ancianas horribles que lo señalaron:
—No puedes hacerlo.
—¿Y ustedes quienes son para impedírmelo?
—Hemos consultado al oráculo y se nos ha dado una profecía: El señor de las estepas procreará un hijo bastardo quien más tarde lo despojará de todo lo que posee y beberá su sangre.
Li Yuan se carcajeó y después de ordenar que mataran a azotes a las tres brujas, se ocupó de ultrajar a la extranjera toda la noche, para luego dárselas a sus soldados para que hicieran con ella lo que quisieran.
Cuando la extranjera ya sucumbía agotada tras la sobredosis de virilidad recibida, fue erróneamente dada por muerta. Entonces, se le aparecieron las tres brujas tejedoras provenientes del inframundo.
—No tienes por qué morir. Te ofrecemos un pacto para seguir viviendo.
La extranjera, encinta, lo aceptó.
Así, sin saberlo, Li Yuan se convirtió en padre de un niño que de adulto cumplió la profecía.
Por alguna razón, madre e hijo rehuían al ajo y no se exponían nunca bajo el sol.

Acerca de los autores:

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miércoles, marzo 16, 2016

La aparición

por Luciano Doti
 
Valentina de Villefort estaba acostada en su lecho, deliraba a causa de la fiebre que la aquejaba. El Conde de Montecristo, cual Lord Ruthven, la acechaba desde la biblioteca contigua. Era un hombre enigmático, muchos dudaban que fuera completamente humano. Al fin, en la medianoche parisiense de esa jornada, se hizo presente ante ella. La joven lo confundió con una sombra, mas luego lo reconoció.
—Conde, ¿qué hace aquí?
—Soy su protector, he venido a salvarla —dijo, y se inclinó sobre el cuello de Valentina bendiciéndola con el beso eterno. Después, tomó el vaso de agua que había en la mesa de luz y vertió dentro dos gotas de su sangre.
—Beba esto.
Valentina bebió sentada en la cama; su espalda no tenía más velo que su larga cabellera, por delante cubría su busto con una prenda de delicado encaje. La enfermedad iba dejando paso a una sensación desconocida. A lo lejos, el reloj de la catedral comenzó a dar doce campanadas apenas audibles. 
 
Basado en El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

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lunes, febrero 01, 2016

La peste



por Luciano Doti

Martín Fierro y Cruz atravesaron buena parte de la pampa hasta llegar a las proximidades de una toldería en el desierto. Pese a que ya era de noche, la luna llena les permitió ver a un indio comiendo de una vaca que yacía junto a él. Se apearon de sus caballos y se acercaron con la intención de ser convidados al festín. Entonces, acortando la distancia, vieron que más que comer bebía su sangre. El indio no era sociable, tomó su lanza de madera y ensayó un tiro contra los gauchos; no tuvo buena puntería; furioso se abalanzó contra ellos. Fierro, diestro para el combate como para templar la vigüela, lo lanceó en el pecho, justo en el corazón. El indio murió atravesado por su propia lanza; al morir se hizo polvo ante la mirada atónita de la yunta de renegados.
Enseguida se encontraron rodeados por otros indios, los cuales los tomaron cautivos como se estilaba en esa época, para ofrecerlos como moneda de cambio en caso de que hubiera aborígenes prisioneros de los cristianos. Fueron llevados a la toldería, donde a los pocos días comenzaron a notar que una peste aquejaba a muchos de los que habitaban ahí.
Cruz cayó enfermo y murió. A Fierro se le permitió enterrarlo. En eso estaba, durante el atardecer, cuando vio a una cautiva, extraordinariamente blanca, que era trasladada de un toldo a otro.
La jornada siguiente, se las ingenió para volver a verla. De cerca la notó bella, la consideró una dama capturada en algún malón. Tanto ella como el indio con el que había pernoctado evitaban la intemperie en las horas diurnas.
La peste seguía avanzando sobre ellos. Los indios sanos culpaban a los cristianos por tal situación, los acusaban de cometer brujería.
Fierro se sabía inocente, pero estaba lejos de conocer la verdad. Ignoraba que la cautiva de origen chileno descendía de un antiguo linaje que, en tiempos de colonialismo español, había tenido en su país contactos con un noble transilvano vinculado a la Casa de Habsburgo; y era obvio que un gaucho nunca leyera a Polidori o Le Fanu.

Publicado por primera vez en la antología Entre lunas y soles, Editorial Dunken. Buenos Aires, 2015. 

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martes, junio 16, 2015

Vampiros en El Plata

por Luciano Doti

Estamos en el año 1536 de nuestro Señor. La costa del río es un lodazal. Su color amarronado no luce ni genera un gran impacto. Para colmo, las condiciones de vida son de las más agrestes. Hay altos pajonales en la zona. Pasamos hambre. Yo no soy la excepción. Pero la mía es un hambre diferente a la de los demás. Desde que fui mordido...
Vinimos de España a la América. Atravesamos el mar Océano en nuestras carabelas y llegamos aquí. Entonces, nos encontramos con unos hombres indómitos que no aceptan ser civilizados. Y el hambre, ¡ay, el hambre! No hay nada que llevar a la boca, nada con qué engañar al estómago. Algunos han intentado cazar y comer a los caballos, los cuales son propiedad de Su Majestad; hemos tenido que ajusticiarlos, darles muerte y exhibirlos a modo de ejemplo al resto de la tropa. Pero el hambre...
Entre nosotros hay un sujeto de origen bávaro. Es extraño, suele evitar la luz del sol. Debería tener mucha hambre cuando mordió los cuerpos de los recién ajusticiados. A decir verdad, aún vivían en el momento en que sus dientes se hincaron en la carne de ellos. Lo vi comerlos; fue un espectáculo espantoso. Aunque más que comer su carne, bebía su sangre. Confesaré que yo también me sentí motivado a probar bocado de esa carne humana. Me acerqué tímidamente, y al llegar al lugar, el bávaro, borracho de su festín hematófago, me mordió; alcanzó a beber algo de mi sangre, creo.
Ahora mi hambre es diferente, no estoy tan presuroso de comer como de beber, y no precisamente agua. El agua no sacia mi sed. El hambre devino ansia.
Estoy harto de retorcerme en mi precaria morada. Hace frío y necesito beber. Así que, salgo afuera. Hay luna llena y los indios parecen habernos dado una tregua; ellos están tan famélicos como nosotros. Me acerco al lugar donde cuelgan los cuerpos de los ajusticiados; su sangre ya debe estar seca. Sin embargo, por allí anda Centurión, el que fue capitán de navíos del príncipe de Doria, luciendo su capa al reflejo del fuego. Podría beber de él, beber su sangre; tanto odio su actitud arrogante, que no sentiría ningún remordimiento. Lo ataco, hundo mi cuchillo en su cuerpo y bebo; al hacerlo sé que ya nunca podré abandonar esta acción que será un hábito hasta la última de mis noches.

Basado en "El hambre", de Manuel Mujica Láinez.

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lunes, marzo 16, 2015

La mexicana

por Luciano Doti

En las obras de refacción de un hospital de México, se halló a una bella mujer emparedada. El cuerpo perfectamente conservado databa de la época de la colonia, estaba ataviado con vestimentas propias de una dama y estaqueado en el pecho con una daga en forma de cruz; sus ojos eran de un azul tan intenso como el mar. Quienes trabajaban en el lugar juzgaron que se trataba de una vampira, por lo que se contactaron con la Iglesia. 
El Papa de ese momento hizo que el cuerpo le fuera enviado al Vaticano, para realizar su exterminación ritual. El sacerdote encargado de esa tarea procedió a rociarlo con agua bendita y recitar oraciones de liberación de demonios, pero como éste era corrupto y pedófilo, no tenía la autoridad moral suficiente para bendecir el agua ni pronunciar las oraciones; por ende, la vampira, lejos de descansar en paz, despertó de su largo sueño, mató al hipócrita sacerdote y salió a las calles. 
La ciudad de las siete colinas la recibió con una luna radiante.

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miércoles, abril 16, 2014

El príncipe de Transilvania

por Luciano Doti

Cuenta una leyenda medieval que un joven turco encontró una lámpara mientras paseaba por el campo, y tras frotarla, apareció un genio que le dijo:
—Pídeme lo que desees.
—Deseo una alfombra mágica para volar a donde yo quiera, y que mi sangre sea inmortal.
El genio le concedió ambas cosas, y en uno de sus viajes, el turco fue a la frontera del imperio otomano, en Transilvania. Allí fue atacado por un príncipe que tenía la costumbre de empalar a los invasores y beber su sangre. El turco murió, ya que si bien por sus venas corría fluido inmortal, su cuerpo no resistió el ser atravesado y destrozado por una lanza de madera. El príncipe adquirió la inmortalidad y continuó con su hábito de beber sangre, pero a diferencia del turco, tomó la precaución de no dejarse atravesar nunca por algún objeto de madera.

Publicado por primera vez en la revista digital miNatura nº 133.

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sábado, marzo 01, 2014

El aviador

por Luciano Doti

La historia que refiero transcurrió en las afueras de Buenos Aires, cerca de un aeródromo.
Por esos días, se hablaba de personas que habían aparecido muertas con heridas punzantes en sus cuellos.
Una noche, me encontraba orinando en el baño de una estación de servicio, cuando ingresó un hombre de sobretodo negro y se colocó a mi lado. Luego, yo me fui a lavar las manos dándole la espalda a los mingitorios, y al echar un vistazo al espejo, noté que sólo me reflejaba yo. Durante un instante, pensé que tal vez estaba tapando al hombre en cuestión o éste había salido raudamente sin que lo advirtiera. Pero, de inmediato, un chorrito de orina rojiza se estrelló contra uno de los mingitorios blancos. Podía oír y ver el líquido pero no al hombre que lo excretaba.
Atiné a sacar mi teléfono celular y filmar a través del espejo. En eso, el chorrito de orina se detuvo y escuché una voz que en un inglés con marcado acento norteamericano me decía: “Dame tu teléfono”.
Al darme vuelta, vi al hombre del sobretodo, cuya altura superaba en varios centímetros a la mía. No opuse resistencia. Le entregué el teléfono y él me lo devolvió, no sin antes borrar la grabación.
Cuando por fin se marchó, yo recordé al “aviador nocturno”, vampiro que va en busca de sus presas a bordo de un avión Cessna y tampoco se refleja en los espejos.

Basado en el cuento "El aviador nocturno" de Stephen King.
Publicado por primera vez en la revista digital miNatura nº 123.

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sábado, febrero 01, 2014

Ortomolecular

por Luciano Doti

La mujer de mediana edad ingresó al consultorio con un andar sensual. Se notaba que era la clase de fémina que disfrutaba agradando a los hombres.
El doctor la miró de pies a cabeza, después de todo, era parte de de su trabajo.
—Cuénteme —dijo, cuando terminó de escrutarla.
—Hacía tiempo que quería venir, pero el doctor Van Helsing me decía que sus métodos no son éticos. Hoy me decidí —comenzó a narrar ella.
—Mi colega Van Helsing es un hematólogo de mente muy estrecha. Yo puedo hacerla vivir más de ciento veinte años, y lo más importante: sin envejecer.
—¿En qué consiste su tratamiento, doctor?
—Es una terapia alternativa de la sangre. La sangre es el fluido vital, y si ella recibe el tratamiento adecuado, todo su cuerpo será irrigado con una energía que llamamos ortomolecular.
—¿Hay alguna contraindicación?
—Sólo se recomienda no exponerse al sol.
—No parece un gran sacrificio a cambio de superar el siglo de vida sin envejecer. ¿Cuándo empezamos?
—Ahora mismo, si quiere. Recuéstese en la camilla y cierre los ojos.
La mujer obedeció y luego sintió unos pinchazos en su cuello. Le pareció que le extraía sangre de la carótida; se hallaba en un estado de sopor, como si fuera todo parte de un sueño. Entonces, se rindió.
Cuando despertó se sentía renovada, joven. Y sólo a cambio de no exponerse más a la luz del sol.

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lunes, agosto 19, 2013

Sueños sangrientos

por Luciano Doti

Nunca busqué ser lo que soy, sólo sé que ocurrió. Yo era una persona normal. O más o menos normal. Qué sé yo, con las particularidades que puede tener cualquiera; entonces sucedió la transformación. Es increíble como en un segundo puede cambiar tu vida. En un momento eres esto y en el instante inmediatamente posterior eres esto otro. Así de drástico es el asunto. Quedas sentenciado sin derecho a apelación alguna. No voy a negar que tengo noches en las que me regocijo con mi actividad actual; sentirme poderoso es algo, ¡vaya si es algo!; más de uno al leer esto debe estar envidiándome. Pero hay otras noches en las que extraño la normalidad de un sueño común y corriente, sin tener este karma que me acompañará siempre, hasta el fin.
Volvía de la universidad, era invierno, hacía frío. Yo iba caminando rápido, a paso acelerado y con grandes zancadas; mis manos en los bolsillos de la abrigada campera que llevaba puesta para la ocasión; la calle desierta, sólo algunos aislados transeúntes alteraban de vez en cuando la monotonía del lugar. Me quedé de pie en la parada del colectivo, y mientras lo aguardaba, oí pasos. Era una mujer sin edad, con tacos y tapado negro hasta el piso. Me sorprendió no haberla visto antes, cuando oí sus pasos ya la tenía casi al lado mío; el instante en el que cambiaría todo se acercaba. Permaneció ahí cerca con una actitud expectante; lanzó hacia mí una mirada desafiante, y entonces me acerqué. Debo admitir que eso sí lo decidí yo, decidí acercarme, no lo otro; lo que sucedió después no pude evitarlo. Fue tan repentino que no tuve opción; en un momento estaba esperando el colectivo que me llevaría de regreso a casa, y un instante después, me hallaba hablando con esa mujer que apareció de la nada.
-¿Querés jugar? -me dijo ella.
-Sí, ¿por qué no? -le respondí.
-Entonces, bienvenido a mi juego -dijo antes de morderme.
Sí, antes de morderme; de repente la enigmática mujer tenía colmillos. Unos filosos colmillos que se clavaron en mi cuello. Sentí los pinchazos. Al principio dolió, luego el dolor me abandonó y me sentí atraído hacia ella. Eso hizo ella, me atrajo hacia sí, se realizó un corte cerca de su cuello y me obligó a beber de su sangre. Había entrado a su juego, así fue como en un segundo cambió mi vida. Ella desapareció para perderse en la espesura de la noche; no vi hacia dónde se fue y no tuve mucho tiempo para averiguarlo, dado que inmediatamente llegó el colectivo y lo abordé como estaba previsto. Otra hubiera sido la historia si el colectivo llegaba antes, pero no, tardó lo que tenía que tardar y yo me transformé en lo que soy ahora.

Esta es la primera página de la nouvelle "Sueños Sangrientos" (53 pag.), si quieres leerla completa haz click AQUÍ

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miércoles, noviembre 28, 2012

Atenea

por Luciano Doti

A Atenea Helenaus

No soy de usar el chat de Facebook. Por lo general, entro a esa red social a publicar algún link y a echar un vistazo a las actualizaciones. Y si uno abre el chat, de la gran cantidad de contactos que se tienen, siempre habrá alguno que quiera parlotear en el espacio virtual, restando el tiempo necesario para lo demás. Pero esa noche, al igual que otras anteriores, me sentía con ánimo para chatear, aunque no con cualquiera. Quería hallar a una chica que se hacía llamar Atenea y la iba de vampiresa.
La lectura de su diario íntimo, publicado en uno de los blogs góticos que hay en la red, me había dejado embelesado, con su prosa invadiendo mi mente de manera recurrente una y otra vez. Desde mi primera aproximación a esos relatos, que combinaban vampirismo y erotismo, pasaba las noches a la espera de que la tal Atenea se dejara ver en la pantalla de mi computadora.
¡Y por fin! Apenas pasada la medianoche, Atenea, haciendo honor a su nombre, apareció cual diosa para convertir esa madrugada en un momento mágico para mí.

Tras las presentaciones de rigor, comenzamos a chatear, y la conversación fue, como no podía ser de otra manera, para el lado del vampirismo. Me preguntó si yo había conocido algún vampiro real. Le respondí la verdad, que no. Pero no obstante eso, cierta vez, un grupo de adolescentes habían creído que yo era un vampiro.
A Atenea le interesó la historia.

Resulta que en un foro, yo había publicado algunas cosas sobre vampirismo, cosas que a su vez yo había leído también en la red.
En ese foro había contado sobre un mito según el cual los vampiros vienen de los tiempos bíblicos del Génesis. No recordaba muy bien, pero tenía que ver con Lilith, la primera mujer de Adán, o con Caín, uno de los hijos de éste ya con Eva. De cómo los vampiros sí existían, aunque de un modo diferente a las historias tipo Drácula; no dormían en féretros, ni se morían por tomar un poco de sol.
El ritual que utilizaban era beberse la sangre recíprocamente, vampiro con pretendiente a serlo, siempre entre macho y hembra; o sea, vampiro con mujer o vampiresa con hombre. Ese ritual lo venían practicando desde hacía siglos, como una cadena interminable cuyo primer eslabón podía ser Lilith o Caín, ¿quién sabe?

Los adolescentes leyeron eso y me contactaron. Aparentemente, pensaban que yo era uno de los iniciados, y querían que los inicie a ellos, más precisamente a una de ellos.
Pero evadí tal posibilidad. Un poco por no meterme en problemas con menores, lo último que deseaba era ser acusado de corrupción de menores, y otro poco porque no quería mentir. Así que, les respondí que lo que sabía lo había leído en la red, y final de la historia.

Final de esa historia, pero no de la historia que estaba comenzando con Atenea.
Ella me propuso vernos en algún lugar. Un bar de San Telmo sugirió, y yo acepté.
Allí nos encontramos la noche siguiente. Pedimos una botella de vino.
En un momento, yo fui al baño; cuento eso porque tendría importancia en el desenlace.
Al volver del baño, terminé la copa que ya estaba empezada.
Me sentí lujurioso, como si lo único que me importara en el mundo fuese poseer a Atenea. Ella debe haberlo notado en mis ojos, porque inmediatamente acercó su boca a la mía, buscando un beso, y lo obtuvo.
Nos besamos de manera apasionada, tanto que me mordió en mi labio inferior y sangré.
Superado ese percance, pude notar que se relamía, la punta de su lengua recorría sus labios humectados con mi vital fluido rojo. Entonces me lo dijo:
–Ahora estamos unidos hasta el fin de los tiempos.
–Como vampiros –dije, bromeando.
–Sí, en serio. Cuando fuiste al baño, eché una gota de mi sangre en tu vino –dijo, mostrando un pequeño corte en uno de sus dedos–. Luego te lo tomaste todo, y ya sabés…
–Y después, cuando nos besamos…
–Yo te mordí, y bebí de tu sangre.
–El ritual se consumó –acoté, y una parte de mí empezaba a considerar la posibilidad de que todo fuera real.

Mientras escribo esto, ya ha pasado un tiempo desde que tuve aquel encuentro con Atenea. No puedo afirmar que me convertí en vampiro, ni siquiera sé si ella es una iniciada o sólo fue influenciada por el relato que le había contado la noche anterior en el chat.
Pero de algo estoy seguro: aunque mi labio ya cicatrizó, la vampiresa dejó en mí su marca.
Resta saber si hasta el fin de los tiempos.

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viernes, septiembre 28, 2012

Obsesión vienesa

por Luciano Doti

He pasado las últimas semanas con una idea dando vueltas en mi cabeza. La idea ha devenido en obsesión. Intentando dilucidar me adentré en las elucubraciones de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis. En mi mente se han mezclado mi idea primigenia junto con sus casos de estudio; pese a que cien años separan a uno de los otros, todos se han ido acoplando.
Mi problema tiene origen en Buenos Aires, pero de tanto pensar en el psicoanálisis, me he transportado a Viena; acaso tengan puntos en común mi ciudad natal con la capital austríaca. Hay quienes dicen que Buenos Aires, la reina del Plata, es la antigua capital de un imperio que jamás existió, y Viena lo fue del imperio Austro-Húngaro, he allí algo en común.
La ciudad de Viena me ha seducido siempre; sus historias de emperadores, príncipes y doncellas, tanto las reales como las ficticias; los Habsburgo y su conexión con España e Hispanoamérica; la música clásica; Strauss, Mozart… la sola mención de su nombre hace que me adentre en una dimensión de armonía y pensamientos tan elevados, que me resulta imposible plasmar en el papel. También, al evocar Viena, vienen a mí relatos de vampiros, muchos de ellos ambientados en esa geografía.
Recuerdo la dulce melodía del vals “Bello Danubio azul”, como sonaba en cierta iglesia de Buenos Aires, durante un enlace marital, pequeño festín burgués. El viento arremolinando el vestido largo de una de las damas de honor, y sus piernas…
¿Cómo hallar el origen de una obsesión? ¿En qué momento nos obsesionamos con algo? Sólo queda retroceder más y más; bucear en lo profundo de nuestros recuerdos, hasta encontrar algo, ese algo que hoy nos obsesiona y ayer apareció por primera vez.
Fue en aquella boda, en aquella iglesia, que yo me obsesioné con ella, con la dama de honor. En el caso de que no hubiera algo previo, porque hay quienes afirman, desde teoría kármicas, que fascinaciones que experimentamos ante determinadas personas que se cruzan en nuestro camino, son una consecuencia de vidas anteriores. ¿Estaremos viviendo nosotros hechos gestados en vidas anteriores? Así como los vampiros arrastran siglos de historias personales, ¿estaremos nosotros también llevando encima el mismo bagaje, sólo que no lo recordamos explícitamente?
Así que, recordar el vals vienés me llevó a Freud, en particular al caso de una paciente que no asume una tendencia inconveniente para la época. Resultaba posible que la dama de honor tuviera, aunque sea de manera leve, la misma tendencia; esto lo sabía por comentarios, aunque en el caso de ella esta tendencia no excluía la otra; por suerte para mí, se trataba sólo de un juego y no más. También en las historias de vampiros, las féminas colmilludas suelen practicar esos juegos entre ellas.
Aquella boda sucedió hace ya unos años, pero en las últimas semanas volvió a mí el recuerdo de la dama de honor; un encuentro fortuito con ella lo reinstaló en el presente. Desde entonces, tengo la idea de lograr un acercamiento.
Pese a lo intrincado de las teorías freudianas y kármicas, yo soy sólo un hombre obsesionado con una mujer. No pretendo un final en el cual suene “Bello Danubio Azul” en una iglesia, ni un imposible beso sangriento que nos una eternamente cual vampiros; me conformaría con mucho menos.

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sábado, septiembre 24, 2011

El vampiro

por Luciano Doti

En Lomas del Mirador, hay un parque llamado Monte Dorrego; es un espacio verde con unos cuantos árboles y algunas edificaciones, entre ellas un antiguo orfanato y una capilla abandonada, que han dado lugar a algunas leyendas urbanas. Una de ellas dice que en la década de 1980 habrían aparecido algunas personas muertas por ataques, como degolladas. Pero siempre un amigo de un amigo y nadie recuerda haber visto la noticia en los medios.
Alguien afirmó haber estado paseando durante la noche por ese parque con un amigo. Luego, él y su amigo se separaron y quedaron en encontrarse más tarde, pero ese amigo nunca apareció. Faltando poco para el amanecer, se encontró a un hombre de pelo largo, le dijo que era húngaro, que se llamaba János y le decían Juan, que estuvo casado con una argentina ya fallecida de nombre Liliana a la cual visitaba en su tumba de la Recoleta, y que era un vampiro; que no buscara más a su amigo porque había sido su cena, y que él agradeciera que ya había saciado su sed de sangre. Después, le prometió una señal: la mañana siguiente recibió en su buzón un anillo ensangrentado que creyó reconocer; lo llevó a la policía; la sangre era de su amigo.

Publicado por primera vez en el n· 112 de la revista miNatura.

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miércoles, junio 30, 2010

Pizarro, el vampiro

por Luciano Doti

Conforme avanzaba por esos países vírgenes de presencia aria, su corazón se iba convenciendo de que su destino lo llamaba; de que un futuro grandioso y diferente a todo lo que hubiera imaginado hasta entonces lo aguardaba tras esas montañas. Por eso no dudó en invertir sus haciendas en la aventura, porque estaba convencido de que nada de lo que pudiera pasar sería contrario a lo que tenía que pasar.
Enfrentaría lo que tuviera que enfrentar, y moriría cuando tuviera que morir. O no, quizás no moriría nunca. Éste era un pensamiento omnipotente, excesivamente pretencioso, pero el aire del lugar le había proporcionado un influjo vital tan poderoso, que la idea le parecía posible. Nada lo detendría.

Al ver que se trataba de un imperio lo que se abocaba a conquistar ordenó preparar todo meticulosamente, con la precisión que tal tarea requería, pero sin miedo; algo en su interior le decía que triunfarían, dado que ese adelantado lo lideraba él, y él vencería.

Las leyendas de Europa central sobre las maneras de convertirse en vampiro invocan una que se ajusta sobradamente a este caso: un hombre que en vida cometió gran cantidad de asesinatos, segando vidas inocentes, y que luego el mismo muere violentamente, está llamado a convertirse en un no muerto. No siempre, pero sí son altas sus posibilidades.

Francisco Pizarro había nacido en un hogar de clase media de la época, pero como hijo natural de un hidalgo; o sea de concepción pecaminosa según las estrictas normas católicas de entonces. Sin embargo, logró ingresar en la Armada española y obtener una posición, en parte ayudado por su primo segundo, Hernán Cortés, conquistador de México.

Divide y reinarás, dice un refrán latino, y Pizarro se enfrentó a la facción incaica de Atahualpa, el Inca, con la ayuda de uno de los hermanos de éste. Luego pagó ese favor contrayendo matrimonio con una de sus hijas, a la cual cristianizaron bajo el nombre de Inés. Pero el cristianismo nunca fue total, si aún hoy no lo es del todo en Sudamérica, mucho menos lo era en el siglo XVI. En secreto, Pizarro bebió sangre de sus enemigos para fortalecerce, lo hizo al mismo tiempo que invocaba la protección de dioses andinos, pretendiendo que por estar en su geográfia estos lo ayudaran. Habrá sido con la ayuda de esos dioses, o no; pero logró consolidar su poder en el antiguo imperio del Tawantinsuyo. En público se aseguraba que la Fe católica no tuviera competencia; en privado, su esposa Inés lo sumergía en un bacanal de lujuria y paganismo. Ese sincretismo cristiano-pagano fue su perdición o su ascención a otro estadío.

A los rituales andinos y la lujuria desenfrenada se sumó la codicia. Almagro, uno de sus oficiales, quiso su tajada, desmesurada a su criterio. Pizarro no estaba dispuesto a compartir tamaña porción del botín con un hombre rudo y analfabeto. Se enfrentarón y triunfó Pizarro; su instinto no fallaba, se había vuelto imbatible.
Esa noche, mientras celebraba la victoria, Pizarro no dudó cuando la idea de tornarse inmortal le atravesó una vez más la mente. No lo entendió así el hijo de Almagro, que reagrupó las tropas de su padre y terminó dándole "muerte" al líder, con una estocada en el cuello.

Pizarro no se había equivocado cuando juzgó que la muerte verdadera no podría alcanzarlo. Había nacido fuera de las normas eclesiales y practicado el paganismo, había derramado la sangre de mucha gente inocente y había "muerto" como humano de manera violenta. Su alma no se elevó, y su corazón siguió latiendo lentamente, con el ritmo cansino de un cuerpo que está condenado a penar por el mundo, vagando en busca de esa sangre que ya no derramaría, sino que bebería hasta la última gota.

A partir de entonces, la tradición oral lo relata en diferentes partes de América: la Buenos Aires de Rosas, la Nueva Orleans decimonónica tardía y quién sabe dónde más... Ninguna de esas leyendas narra su muerte definitiva.

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sábado, mayo 15, 2010

La conversión

por Luciano S. Doti

Anoche salí con la chica que conocí por chat. Terminamos en su hogar, una vieja casona “okupada”. En el fragor del encuentro, ella me dio un fuerte beso en el cuello que me dejó marca. Hoy, noté que el sol me hace doler los ojos y arder la piel. Intento verme en el espejo, pero no me reflejo en él.

Publicado en la antología Al este del arcoíris, Latin Heritage Foundation. EEUU, 2011.
Publicado en las revistas miNatura nº117 y Azahar.

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sábado, junio 30, 2007

El abusador del oeste
por Luciano Doti

Fue una tarde de abril a eso de las seis, justo al caer el sol. Luis subió a su auto, manejó hasta el centro comercial en Ciudadela, estacionó y entró como uno más al área de compras, sin llamar la atención. Recorrió las góndolas en busca de lo que necesitaba, cuando lo encontró no le perdió pisada; era una mujer de unos veintiocho o treinta años. Manteniendo la discreción, la siguió al patio de comidas.
Cuando la joven salió hacia el estacionamiento, Luis continuó detrás suyo. Ya era de noche y el sector en que ella había dejado el auto estaba poco iluminado. Escuchó el eco de unos pasos. Un segundo después, Luis la tomó en sus brazos, la obligó a subirse la minifalda y bajarse la ropa interior. La tenía contra el rodado y la amenazaba con un cuchillo para que no grite. Luego se arrodilló, colocó su cabeza entre las piernas de ella y bebió la menstruación. Su instinto no había fallado; para Luis era fácil saber cuando una mujer tenía la regla y así obtener de ella la sangre que él necesitaba. Una vez que concluyó, subió a su auto y se alejó ráudamente. La mujer quedó tan shockeada que asistió a la fuga de su bejador sin emitir palabra.

Cuando la policía tuvo el caso en sus manos, no le dio demasiada importancia. Después de todo ni siquiera podía considerarse eso una violación, apenas abuso deshonesto, y la ola de delitos que abatía por esos días al conurbano bonaerense, una gran parte de ellos con víctimas fatales, requería la mayor atención de los agentes.

La semana siguiente se repitió un caso bastante parecido, pero esta vez se trataba de una adolescente de dieciséis años que volvía del colegio. La chica cursaba cuarto año en un colegio católico de Ramos Mejia, localidad lindante con Ciudadela, por lo que la policía no dudo en relacionar ambos casos; sobre todo después de que la víctima confesó con vergüenza, y conmocionada hasta el llanto, que su abusador le había practicado sexo oral, y que justo ese día ella tenía la menstruación. Fue así que el caso tomó notoriedad. Los diarios más sensacionalistas llegaron a dedicarle dos paginas al ”abusador de el oeste”.

Néstor era un muchacho muy sugestionable, con poca personalidad, de carácter pusilánime e irresoluto, leyó la nota en el diario y lo invadió un impulso por hacer lo mismo. La idea de forzar una mujer a desvestirse y beber su flujo menstrual le resultaba interesante. Siempre había tenido mucho interés por las historias de vampiros y ahora sentía que era su momento.
Esa noche, Néstor tomó alguna cerveza de más, abonó la cuenta al mozo y al levantarse se sintió un poco mareado. Salió del local con paso enclenque, pero sin perder el equilibrio; no era la primera vez que se pasaba de copas. Cuando estuvo afuera, decidió que volvería a su casa caminando; eso lo ayudaría a sentirse mejor. Hubo unos jóvenes, de esos que están en las veredas de los maxiquioscos, que se acercaron para pedirle una moneda, Néstor no quería problemas, así que metió las manos en sus bolsillos y extrajo veinticinco centavos para ellos. Los muchachos no parecían conformes con la magra recompensa, pero igual agradecieron. Un poco más adelante, vio a una mujer que bajó del colectivo, iba sola, vestida con un jean y una remera de lycra. Debido al frío que había empezado a hacer a esa hora, llevaba una marcha apresurada; por eso no advirtió cuando Néstor la siguió detrás, abandonando la avenida e internándose en ese barrio poco iluminado. La dama se pavoneaba con un andar que cautivaba a su perseguidor. El jean era ajustado, tanto como para que la mínima ropa interior se marcara, dejando como dibujado un trasero muy bien formado. Néstor tuvo una erección que le hizo olvidar la borrachera, miró para todos lados y cuando creyó estar seguro de que no había nadie, puso sus manos sobre el cuerpo de la mujer. Ella gritó, y se escuchó la orden de una tercera persona:
-¡Alto!

El comisario con jurisdicción en la zona dispuso que se reforzara la vigilancia. El abusador del oeste seguramente volvería a hacer de las suyas, por eso en algunas esquinas de ese barrio había apostados policías, a la expectativa para desbaratar cualquier tipo de acción sospechosa.
Uno de esos agentes era Pedro Gómez, se había incorporado como suboficial de la fuerza sin mucha convicción. Su novia había quedado embarazada, y él, un desocupado sin estudios secundarios, no había tenido otra opción que ésa. Así que ahí estaba, custodiando una calle, esperando que no sucediera nada raro para poder volver a su casa. Por aquellos días, la ola de delincuencia se estaba llevando a varios camaradas. Para él, y los otros también, regresar al hogar y reencontrarse con su familia era un milagro que celebraba a diario.
La noche transcurría, por suerte para Pedro, sin ningún sobresalto, cuando vio que se acercaba una mujer. Luego vio a un hombre. Pedro permaneció en su lugar contemplando la escena. El hombre se abalanzó sobre la mujer. El suboficial se sorprendió, pero, al escuchar los alaridos de la mujer, desenfundó su arma, se acercó unos pasos y dio una orden:
-¡Alto!
El sujeto masculino se dio a la fuga aprovechando la oscuridad; no le fue difícil llegar a la esquina, doblar y perderse en la noche. La mujer quedó atónita junto al policía que intentaba calmarla. Detrás de las puertas y ventanas, los vecinos eran curiosos testigos que se adivinaban sin dejarse ver, un poco por temor, y otro poco para que luego no los sorprendiera una maldita citación judicial que les hiciera perder una jornada de trabajo, con la angustiante situación económica que se vivía por esos días, cuando no el empleo mismo, para quienes estuvieran con un trabajo temporal.
Cuando Néstor dobló en la esquina sentía palpitaciones en todo el cuerpo. El corazón le latía a una velocidad inconmensurable. Caminaba rápido pero sin correr. Aunque quería alejarse lo más pronto posible del lugar de la escena, prefería hacerlo a media marcha para no llamar la atención. Al llegar a la otra esquina, cruzó a la vereda de en frente, y luego dobló para tomar la calle paralela a la del hecho. Lo hizo describiendo una línea diagonal, y mirando hacia todas las direcciones. Ahora Néstor ya se sentía un poco mas aliviado. El aire llenaba sus pulmones. El corazón se serenaba, y hasta se permitía mirar al cielo y sentirse libre al abrigo de la luna.

La mujer le dijo al policía que no se preocupe, y que mejor se iba porque en su casa el marido estaría esperándola. El policía le respondió que si eso quería, no había ningún problema; después de todo el agresor se había fugado, y no quedaba mucho más por hacer. La mujer continuó su camino, Pedro Gómez, suboficial de policía, le miró el trasero, entonces, a medida que ella se alejaba, él se sintió con un problema menos, libre al abrigo de la luna.

Néstor volvió a salir a la avenida. El frío lo había reanimado. Llevaba un paso veloz y estaba mentalmente ensimismado. Cruzó una de las calles transversales que cortaban la avenida. Al llegar casi a la mitad, un auto pequeño de tres puertas dobló a toda velocidad, el dio dos pasos atrás justo a tiempo; luego miró el semáforo frente a sí, una diminuta figura humana iluminada en color rojo le indicaba que se detenga; volvió a subir al cordón y miró el otro semáforo, el de la avenida, era de giro, con una flecha iluminada en verde, esperó a que pasaran uno, dos y tres autos delante de él, hasta que la figura humana frente a él ya no era roja sino blanca, entonces sí, cruzó la calle y reanudó su camino. Más adelante, al pasar frente a un bar, entró por un trago.

Luis estaba en el sillón del living, con el control remoto en su mano derecha pasaba distraídamente todos los canales, tenía la mente en otra parte. Esa noche había luna llena, lo invadía una lujuriosa necesidad de sangre; el impulso se hacía incontrolable. Sonó el timbre. Se levantó para abrir y preguntó:
-¿Quién es?
-Soy yo: Claudia.
-Hola. ¿Qué te pasa? Estás agitada.
-Me quisieron asaltar.


En realidad ella había notado que las intenciones del hombre que se le abalanzó encima eran otras, pero prefería darle esa versión a su marido.
-¿En qué lugar?
-Aquí a tres cuadras, al bajar del colectivo. No fue nada -Dijo ella tratando de minimizar el hecho.- Voy a preparar la cena -Acotó para terminar con el tema.
-Por mí no te molestés, voy a salir.

Lorena era una chica de dieciséis años; su familia, de clase media-baja. Se crió en el “Fuerte Apache”, aunque ella siempre prefirió referirse a su barrio con el nombre oficial de Barrio Ejercito de Los Andes. Su novio también era del mismo barrio. Estuvieron saliendo cinco meses hasta que ella quedó embarazada. Cuando el supo la noticia se enroló en la policía, se casaron y alquilaron un departamento tipo casa en Ciudadela. Ahora, se estaba haciendo la hora en que su esposo llegaba a casa, cuando se percató de que no había gaseosa; así que decidió salir a comprar una. Le daba un poco de miedo salir sola tan tarde, pero el centro comercial no estaba lejos de su casa. Iba con un paso apresurado recorriendo el trayecto hacia el comercio, hasta que notó una perdida de sangre, nada de otro mundo, pero el asunto la preocupaba por temor a perder el embarazo. Entró rápidamente al centro comercial, tomó la gaseosa en sus manos, un paquete de apósitos femeninos, pasó por la caja y salió nuevamente afuera. En el estacionamiento del lugar un hombre la vio y comenzó a seguirla, sin acercarse demasiado.

Esa noche Luis volvió otra vez al centro comercial de Ciudadela, cuando llegó ya era casi la hora en que cierran. Dejó el auto en el estacionamiento y justo en el momento que estaba echándole llave a la puerta, su particular instinto se despertó. Su vista se clavó en una adolescente que salía del supermercado, con una bolsa en la mano. Luis decidió seguir a la joven sigilósamente para no llamar la atención. Cuando Lorena estuvo de vuelta frente a su casa y sacó la llave, el hombre que la seguía se acercó más, sacó una navaja, se la colocó en el cuello a ella y la obligó a dejarlo ingresar al interior de la vivienda.

El suboficial Gómez llegó a la puerta de su casa después de cumplir la guardia, tocó timbre y esperó a que su esposa le abriera. Al no obtener respuesta le gritó por la ventana:
-¡Lorena, abrime, soy yo...!
Nadie contestó. Buscó la llave en el bolsillo y abrió la puerta. En el interior del hogar la volvió a llamar:
-Lorena. ¿Dónde estas? -Dijo él.
-En la pieza. ¡Ayudame! -Respondió ella con un grito ahogado.
Pedro se dirigió a la pieza; dentro de la misma su mujer ya casi desnuda, estaba sobre la cama. Luis lo estaba esperando con la navaja en la mano. Lorena al ver a su esposo le avisó:
-¡Cuidado! Tiene una navaja.
Pedro sacó su arma reglamentaria y le disparó. Casi al mismo tiempo preguntó:
-¿De dónde salió este tipo?
-Me atacó cuando estaba abriendo la puerta, venía del súper y...
-Está bien, no te preocupés. ¿Estás bien?
-Creo que sí.

Luis yacía en un charco de sangre. Ahora tenía todo un charco de sangre para él, pero no mucho tiempo para disfrutarla. Su respiración era dificultosa, de su tórax seguía saliendo sangre a borbotones. Con el último aliento estiró su mano izquierda, se aferró a la pata de la cama y tras unas convulsiones murió.

Al otro día, la prensa se ocupó del tema: “el abusador del oeste abatido por un policía”. Los medios sensacionalistas volvieron a dedicar dos páginas y varias horas de TV al tema. En algún lugar de la ciudad, Néstor se enteró de la noticia, y sólo después de verificar que su incidente no había trascendido, se sintió aliviado.

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