viernes, julio 01, 2016

La ignorancia es peligrosa

por Ada Inés Lerner, Luciano Doti & Rolando José Di Lorenzo

Julia se desnudó delante de los dos aliens escondidos en el placar que espiaban sus movimientos. Entró a ducharse y Kiev aprovechó la puerta abierta para ir detrás de ella, por curiosidad. Luego, ya relajada de la trajina diaria, la mujer se recostó. Rem quedó escondido. Kiev y Rem eran machos y conocían la sexualidad humana pero no la violencia de algunas féminas. Julia, adormecida y con placer, dejó hacer a Kiev... para después cercenarle la cabeza, como lo hubiera hecho una mantis religiosa.
Rem se asustó mucho con ese acto, por lo que se le acercó a Julia lentamente, con las manos a la vista, y mediante señas le hizo saber que se haría cargo del cuerpo y que no quería problemas. Julia observó mientras el alien se comía a su compinche. Rem estaba temeroso, nunca hubiera imaginado una actitud así de una terrícola. Cuando terminó con el último pedacito de su congénere, se incorporó y vio con terror que ella estaba nuevamente en la cama, esperándolo. Rem realizó vigorosamente el acto que la fémina humana esperaba, tanto que a Julia se le fue el adormecimiento y su placer fue doble. 
Pero llegado el momento en que Rem debería haber perdido la cabeza, Julia optó por no hacerlo. Decidió conservar a ese alien para disfrutarlo otras veces más. Lo que ella ignoraba era que al comer Rem el cuerpo de Kiev, adquirió las energías de este duplicando las suyas. Fue eso y no otra cosa, en definitiva, lo que la indujo a conservarlo.

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viernes, abril 01, 2016

Placeres palaciegos

por Luciano Doti
 
La emperatriz era  una dama de temer. Nadie se atrevía a contradecirla. Al morir su padre, siendo la mayor de sus hijas, y sin un heredero varón, ella se convirtió en la soberana de ese territorio. Nunca se le conoció marido, pero era vox populi que en la corte las costumbres eran licenciosas. Extramuros se mantenía una disciplina marcial, sus soldados velaban permanentemente para que el pueblo no hiciera lo que su Señora hacía en el palacio.
Los soldados no sólo debían prestar servicio en las calles, a veces eran requeridos en el palacio; la emperatriz era quien los solicitaba. Así pasaban de a dos o tres. Ella era joven, exigente, se le había antojado conocerlos a todos.
La emperatriz tenía largas y hermosas piernas que uno de los soldados sabía usar cual bufanda, sobre sus hombros, rodeando su cuello. Pronto ese soldado ganó un lugar preponderante en la corte, como ministro. Allí lo miraban con desdén, lo consideraban un mero arribista proveniente de una casta inferior.
El nuevo ministro no era un gran orador, pero era muy hábil en el manejo de su lengua.

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miércoles, marzo 16, 2016

La aparición

por Luciano Doti
 
Valentina de Villefort estaba acostada en su lecho, deliraba a causa de la fiebre que la aquejaba. El Conde de Montecristo, cual Lord Ruthven, la acechaba desde la biblioteca contigua. Era un hombre enigmático, muchos dudaban que fuera completamente humano. Al fin, en la medianoche parisiense de esa jornada, se hizo presente ante ella. La joven lo confundió con una sombra, mas luego lo reconoció.
—Conde, ¿qué hace aquí?
—Soy su protector, he venido a salvarla —dijo, y se inclinó sobre el cuello de Valentina bendiciéndola con el beso eterno. Después, tomó el vaso de agua que había en la mesa de luz y vertió dentro dos gotas de su sangre.
—Beba esto.
Valentina bebió sentada en la cama; su espalda no tenía más velo que su larga cabellera, por delante cubría su busto con una prenda de delicado encaje. La enfermedad iba dejando paso a una sensación desconocida. A lo lejos, el reloj de la catedral comenzó a dar doce campanadas apenas audibles. 
 
Basado en El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

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martes, febrero 16, 2016

Cambiar el rumbo

por Luciano Doti, Ada Inés Lerner & María Brandt

—Este es el segundo planeta en el que estamos viviendo, pero al igual que en el anterior los sistemas de seguridad son manejados por máquinas que deciden el futuro de los habitantes. Tememos tanto a los ciberataques como a las guerras interplanetarias.
Somos frágiles insectos en sus cálculos. —El orador se detuvo y miró a los presentes—. Esto sirve para recordar que debemos ser cautos, posiblemente en estos momentos nos estén escuchando y viendo… —Sonó un click débil y el orador parpadeó, mientras a sus espaldas se activaba una pantalla. Una fascinante criatura de piel completamente azul y enormes ojos orlados de pestañas, en tres dimensiones, sonreía con una de sus cuatro bocas, mientras las otras tres emitían una melodía deliciosa.
—Para combatir el estrés y hacer frente a los desafíos que nos apremian, nada mejor que adquirir una de nuestras sirenas, maravillas biotecnológicas, capaces de desviar las altas frecuencias, confundiendo a nuestros enemigos y haciendo más seguro nuestro ambiente. Están disponibles desde este mismo momento para este selecto auditorio.
Entre los oyentes había varios interesados. La sirena tenía su encanto. Su sonido era necesario para ahuyentar a cualquier ser que pretendiera atacarlos. Así, esos malditos tendrían que cambiar el rumbo, orientando su ofensiva hacia otra civilización. Adquirir ese espécimen biotecnológico podía significar liberarse de aquella opresión, de esa sensación de vivir con miedo. Lo otro... era un beneficio extra. La sirena poseía cuatro bocas, y todos estaban seguros de que siempre hallarían a tres amigos dispuestos a poner la cuarta parte del dinero para comprarla y compartirla.  

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sábado, enero 16, 2016

La mano



por Luciano Doti

A ella le gustaban las manos del pianista, sus dedos prolijamente cuidados y llenos de virtuosismo sobre las teclas del piano.
Cuando él enfermó, temió quedarse sin ellas; para entonces esas manos también le proporcionaban placer cada vez que contactaban con sus partes más íntimas.
Encontró un embalsamador que le pudo resolver ese problema y el de la caja de seguridad en Suiza, de la cual el pianista jamás le había confiado la clave, pero sabía que era posible abrirla con una huella dactilar.

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viernes, enero 01, 2016

La tanga

por Luciano Doti


Con él hacía tiempo que no usaba ropa interior tan pequeña. El erotismo era un recuerdo lejano.
Ese día recibió la visita de cierto amigo especial que conoció en una red social. Luego, cuando se marchó, quedó tan absorta en sus pensamientos que no oyó el auto del padre de su hijo ahora él era sólo eso.
Sí percibió sus pasos acercándose a la puerta de la habitación, y apenas tuvo tiempo de arrojar por la ventana esa prenda que hubiera despertado sospechas.

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martes, septiembre 01, 2015

La reina Lupita

por Luciano Doti

Los pibes del lugar habían oído que a esa chica, que iba ahí algunos fines de semana, le decían “Lupita”. Además, se habían tomado la molestia de averiguar que no se llamaba Guadalupe. De allí que naciera en ellos la inquietud de querer saber por qué la apodaban así. Como en pago chico el infierno es grande, por rumores supieron que tenía que ver con una antigua reina llamada Lupa. Eso los llevó a guglearla, y entonces conocieron su leyenda y el significado de ese nombre que en latín quiere decir “loba”.
A partir de ese momento, comenzó a gestarse una nueva leyenda, la de Lupita. Esa nueva leyenda venía con diferentes versiones según quién fuera el narrador. En una de ellas, Lupita era una lobisona que en las noches de luna llena erraba por el bosque lindero a su casa, matando y devorando a sus víctimas. Ésa era la que más gustaba a los pibes.
Una noche de plenilunio, en que Lupita había llegado a pasar el fin de semana con unos amigos de la ciudad, los pibes se acercaron a la casa del bosque esperando ver algo. Lo que vieron no fue lo que habían imaginado, pero era incluso más gratificante: Lupita participaba de un bacanal junto a sus amigos bajo la luz de la luna; montada sobre uno de ellos, se movía y aullaba como una loba en celo. Los pibes recordaron lo que habían leído sobre la palabra “lupa”: que de ella también deriva “lupanar”.

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miércoles, julio 01, 2015

La era de la pastilla

 por Sergio Gaut vel Hartman, Luciano Doti & Daniel Alcoba
Ser feliz, pensó Ascar, es saber que en tu bolsillo hay suficientes pastillas para toda la semana. Las rojas de la euforia, las azules de la paz, las amarillas de la creatividad. Desde que las drogas de diseño empezaron a venderse en las farmacias, millones de mujeres y hombres anclaron su vida cotidiana a la ingesta de Euforina, Dharma Plus o Einstein-999. Algunos hasta tenían esperanzas de que desaparecieran la codicia, las guerras… que los seres humanos serían menos miserables. Al fin cada persona podría ser lo que quisiera. La felicidad ya no estaría reservada sólo a los privilegiados nacidos con talentos especiales, ahora bastaría con esos comprimidos para sentirse en el mejor de los mundos.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que Ascar quedara atascado en el tránsito de la ciudad en la que vivía.
—¿Qué pasa? —preguntó al taxista que lo transportaba.
—Es un piquete; reclaman que las obras sociales cubran las nuevas pastillas. También clases públicas sobre las pastillas rojas, porque su sobredosis produce infartos, ictos y adición. Dharma Plus hace a la gente edulcorante, sobona y desenfrenada sexual. Einstein- 999 genera escritores de ciencia ficción, estudiantes de física y hasta físicos...
—¡La nueva trinidad santa: Euforina, Dharma...
Lo interrumpió el taxista salvando los respaldos delanteros desnudo de la cintura para abajo, pene erecto elevado 45º sobre la horizontal. Antes de ceder al deseo del taxidriver, Ascar vio al pie del parabrisas los envases de tres Dharma-grageas.
Acerca de los autores:
Luciano Doti
Daniel Alcoba
Sergio Gaut vel Hartman

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lunes, junio 01, 2015

Inteligencia perdida

por Luciano Doti

Hay una práctica adolescente que hace dilapidar vitalidad. Especialistas advierten que produce fatiga crónica, incapacidad para concentrarse, perdida de memoria y hasta se ve afectado el coeficiente intelectual...
Pablo no hizo caso a esas advertencias y continuó con su vicio. Era para él la única manera de paliar las ganas de estar con una mujer.
Llegó el día en que conoció a una chica que estaba dispuesta a salir con él. A modo de romper el hielo, le preguntó:
—¿Qué es lo que más te gusta en un hombre?
—Su inteligencia —respondió ella, y Pablo no comprendió cómo podía decir eso. De hecho, entender cualquier cosa ya se había convertido en ardua tarea para él.

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viernes, mayo 01, 2015

Reminiscencia

por Luciano Doti



Pasaron muchos años desde aquel romance de adolescencia. Largo tiempo transcurrió desde que nos dimos el primer beso. Luego, la separación; ya no recuerdo por qué.
Hoy, el destino me vuelve a poner frente a una chica igual a vos, y para peor, o mejor, me mira como solías hacerlo. Durante un instante, te veo otra vez en ropa interior, como la tarde que tus padres habían salido e intimamos en tu casa.
Me quedo parado, contemplándola tras el vidrio de su ventana mientras toca el piano, y me parece que, aunque no sos vos, ella lo sabe.

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sábado, febrero 01, 2014

Ortomolecular

por Luciano Doti

La mujer de mediana edad ingresó al consultorio con un andar sensual. Se notaba que era la clase de fémina que disfrutaba agradando a los hombres.
El doctor la miró de pies a cabeza, después de todo, era parte de de su trabajo.
—Cuénteme —dijo, cuando terminó de escrutarla.
—Hacía tiempo que quería venir, pero el doctor Van Helsing me decía que sus métodos no son éticos. Hoy me decidí —comenzó a narrar ella.
—Mi colega Van Helsing es un hematólogo de mente muy estrecha. Yo puedo hacerla vivir más de ciento veinte años, y lo más importante: sin envejecer.
—¿En qué consiste su tratamiento, doctor?
—Es una terapia alternativa de la sangre. La sangre es el fluido vital, y si ella recibe el tratamiento adecuado, todo su cuerpo será irrigado con una energía que llamamos ortomolecular.
—¿Hay alguna contraindicación?
—Sólo se recomienda no exponerse al sol.
—No parece un gran sacrificio a cambio de superar el siglo de vida sin envejecer. ¿Cuándo empezamos?
—Ahora mismo, si quiere. Recuéstese en la camilla y cierre los ojos.
La mujer obedeció y luego sintió unos pinchazos en su cuello. Le pareció que le extraía sangre de la carótida; se hallaba en un estado de sopor, como si fuera todo parte de un sueño. Entonces, se rindió.
Cuando despertó se sentía renovada, joven. Y sólo a cambio de no exponerse más a la luz del sol.

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lunes, agosto 19, 2013

Sueños sangrientos

por Luciano Doti

Nunca busqué ser lo que soy, sólo sé que ocurrió. Yo era una persona normal. O más o menos normal. Qué sé yo, con las particularidades que puede tener cualquiera; entonces sucedió la transformación. Es increíble como en un segundo puede cambiar tu vida. En un momento eres esto y en el instante inmediatamente posterior eres esto otro. Así de drástico es el asunto. Quedas sentenciado sin derecho a apelación alguna. No voy a negar que tengo noches en las que me regocijo con mi actividad actual; sentirme poderoso es algo, ¡vaya si es algo!; más de uno al leer esto debe estar envidiándome. Pero hay otras noches en las que extraño la normalidad de un sueño común y corriente, sin tener este karma que me acompañará siempre, hasta el fin.
Volvía de la universidad, era invierno, hacía frío. Yo iba caminando rápido, a paso acelerado y con grandes zancadas; mis manos en los bolsillos de la abrigada campera que llevaba puesta para la ocasión; la calle desierta, sólo algunos aislados transeúntes alteraban de vez en cuando la monotonía del lugar. Me quedé de pie en la parada del colectivo, y mientras lo aguardaba, oí pasos. Era una mujer sin edad, con tacos y tapado negro hasta el piso. Me sorprendió no haberla visto antes, cuando oí sus pasos ya la tenía casi al lado mío; el instante en el que cambiaría todo se acercaba. Permaneció ahí cerca con una actitud expectante; lanzó hacia mí una mirada desafiante, y entonces me acerqué. Debo admitir que eso sí lo decidí yo, decidí acercarme, no lo otro; lo que sucedió después no pude evitarlo. Fue tan repentino que no tuve opción; en un momento estaba esperando el colectivo que me llevaría de regreso a casa, y un instante después, me hallaba hablando con esa mujer que apareció de la nada.
-¿Querés jugar? -me dijo ella.
-Sí, ¿por qué no? -le respondí.
-Entonces, bienvenido a mi juego -dijo antes de morderme.
Sí, antes de morderme; de repente la enigmática mujer tenía colmillos. Unos filosos colmillos que se clavaron en mi cuello. Sentí los pinchazos. Al principio dolió, luego el dolor me abandonó y me sentí atraído hacia ella. Eso hizo ella, me atrajo hacia sí, se realizó un corte cerca de su cuello y me obligó a beber de su sangre. Había entrado a su juego, así fue como en un segundo cambió mi vida. Ella desapareció para perderse en la espesura de la noche; no vi hacia dónde se fue y no tuve mucho tiempo para averiguarlo, dado que inmediatamente llegó el colectivo y lo abordé como estaba previsto. Otra hubiera sido la historia si el colectivo llegaba antes, pero no, tardó lo que tenía que tardar y yo me transformé en lo que soy ahora.

Esta es la primera página de la nouvelle "Sueños Sangrientos" (53 pag.), si quieres leerla completa haz click AQUÍ

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miércoles, noviembre 28, 2012

Atenea

por Luciano Doti

A Atenea Helenaus

No soy de usar el chat de Facebook. Por lo general, entro a esa red social a publicar algún link y a echar un vistazo a las actualizaciones. Y si uno abre el chat, de la gran cantidad de contactos que se tienen, siempre habrá alguno que quiera parlotear en el espacio virtual, restando el tiempo necesario para lo demás. Pero esa noche, al igual que otras anteriores, me sentía con ánimo para chatear, aunque no con cualquiera. Quería hallar a una chica que se hacía llamar Atenea y la iba de vampiresa.
La lectura de su diario íntimo, publicado en uno de los blogs góticos que hay en la red, me había dejado embelesado, con su prosa invadiendo mi mente de manera recurrente una y otra vez. Desde mi primera aproximación a esos relatos, que combinaban vampirismo y erotismo, pasaba las noches a la espera de que la tal Atenea se dejara ver en la pantalla de mi computadora.
¡Y por fin! Apenas pasada la medianoche, Atenea, haciendo honor a su nombre, apareció cual diosa para convertir esa madrugada en un momento mágico para mí.

Tras las presentaciones de rigor, comenzamos a chatear, y la conversación fue, como no podía ser de otra manera, para el lado del vampirismo. Me preguntó si yo había conocido algún vampiro real. Le respondí la verdad, que no. Pero no obstante eso, cierta vez, un grupo de adolescentes habían creído que yo era un vampiro.
A Atenea le interesó la historia.

Resulta que en un foro, yo había publicado algunas cosas sobre vampirismo, cosas que a su vez yo había leído también en la red.
En ese foro había contado sobre un mito según el cual los vampiros vienen de los tiempos bíblicos del Génesis. No recordaba muy bien, pero tenía que ver con Lilith, la primera mujer de Adán, o con Caín, uno de los hijos de éste ya con Eva. De cómo los vampiros sí existían, aunque de un modo diferente a las historias tipo Drácula; no dormían en féretros, ni se morían por tomar un poco de sol.
El ritual que utilizaban era beberse la sangre recíprocamente, vampiro con pretendiente a serlo, siempre entre macho y hembra; o sea, vampiro con mujer o vampiresa con hombre. Ese ritual lo venían practicando desde hacía siglos, como una cadena interminable cuyo primer eslabón podía ser Lilith o Caín, ¿quién sabe?

Los adolescentes leyeron eso y me contactaron. Aparentemente, pensaban que yo era uno de los iniciados, y querían que los inicie a ellos, más precisamente a una de ellos.
Pero evadí tal posibilidad. Un poco por no meterme en problemas con menores, lo último que deseaba era ser acusado de corrupción de menores, y otro poco porque no quería mentir. Así que, les respondí que lo que sabía lo había leído en la red, y final de la historia.

Final de esa historia, pero no de la historia que estaba comenzando con Atenea.
Ella me propuso vernos en algún lugar. Un bar de San Telmo sugirió, y yo acepté.
Allí nos encontramos la noche siguiente. Pedimos una botella de vino.
En un momento, yo fui al baño; cuento eso porque tendría importancia en el desenlace.
Al volver del baño, terminé la copa que ya estaba empezada.
Me sentí lujurioso, como si lo único que me importara en el mundo fuese poseer a Atenea. Ella debe haberlo notado en mis ojos, porque inmediatamente acercó su boca a la mía, buscando un beso, y lo obtuvo.
Nos besamos de manera apasionada, tanto que me mordió en mi labio inferior y sangré.
Superado ese percance, pude notar que se relamía, la punta de su lengua recorría sus labios humectados con mi vital fluido rojo. Entonces me lo dijo:
–Ahora estamos unidos hasta el fin de los tiempos.
–Como vampiros –dije, bromeando.
–Sí, en serio. Cuando fuiste al baño, eché una gota de mi sangre en tu vino –dijo, mostrando un pequeño corte en uno de sus dedos–. Luego te lo tomaste todo, y ya sabés…
–Y después, cuando nos besamos…
–Yo te mordí, y bebí de tu sangre.
–El ritual se consumó –acoté, y una parte de mí empezaba a considerar la posibilidad de que todo fuera real.

Mientras escribo esto, ya ha pasado un tiempo desde que tuve aquel encuentro con Atenea. No puedo afirmar que me convertí en vampiro, ni siquiera sé si ella es una iniciada o sólo fue influenciada por el relato que le había contado la noche anterior en el chat.
Pero de algo estoy seguro: aunque mi labio ya cicatrizó, la vampiresa dejó en mí su marca.
Resta saber si hasta el fin de los tiempos.

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viernes, septiembre 28, 2012

Obsesión vienesa

por Luciano Doti

He pasado las últimas semanas con una idea dando vueltas en mi cabeza. La idea ha devenido en obsesión. Intentando dilucidar me adentré en las elucubraciones de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis. En mi mente se han mezclado mi idea primigenia junto con sus casos de estudio; pese a que cien años separan a uno de los otros, todos se han ido acoplando.
Mi problema tiene origen en Buenos Aires, pero de tanto pensar en el psicoanálisis, me he transportado a Viena; acaso tengan puntos en común mi ciudad natal con la capital austríaca. Hay quienes dicen que Buenos Aires, la reina del Plata, es la antigua capital de un imperio que jamás existió, y Viena lo fue del imperio Austro-Húngaro, he allí algo en común.
La ciudad de Viena me ha seducido siempre; sus historias de emperadores, príncipes y doncellas, tanto las reales como las ficticias; los Habsburgo y su conexión con España e Hispanoamérica; la música clásica; Strauss, Mozart… la sola mención de su nombre hace que me adentre en una dimensión de armonía y pensamientos tan elevados, que me resulta imposible plasmar en el papel. También, al evocar Viena, vienen a mí relatos de vampiros, muchos de ellos ambientados en esa geografía.
Recuerdo la dulce melodía del vals “Bello Danubio azul”, como sonaba en cierta iglesia de Buenos Aires, durante un enlace marital, pequeño festín burgués. El viento arremolinando el vestido largo de una de las damas de honor, y sus piernas…
¿Cómo hallar el origen de una obsesión? ¿En qué momento nos obsesionamos con algo? Sólo queda retroceder más y más; bucear en lo profundo de nuestros recuerdos, hasta encontrar algo, ese algo que hoy nos obsesiona y ayer apareció por primera vez.
Fue en aquella boda, en aquella iglesia, que yo me obsesioné con ella, con la dama de honor. En el caso de que no hubiera algo previo, porque hay quienes afirman, desde teoría kármicas, que fascinaciones que experimentamos ante determinadas personas que se cruzan en nuestro camino, son una consecuencia de vidas anteriores. ¿Estaremos viviendo nosotros hechos gestados en vidas anteriores? Así como los vampiros arrastran siglos de historias personales, ¿estaremos nosotros también llevando encima el mismo bagaje, sólo que no lo recordamos explícitamente?
Así que, recordar el vals vienés me llevó a Freud, en particular al caso de una paciente que no asume una tendencia inconveniente para la época. Resultaba posible que la dama de honor tuviera, aunque sea de manera leve, la misma tendencia; esto lo sabía por comentarios, aunque en el caso de ella esta tendencia no excluía la otra; por suerte para mí, se trataba sólo de un juego y no más. También en las historias de vampiros, las féminas colmilludas suelen practicar esos juegos entre ellas.
Aquella boda sucedió hace ya unos años, pero en las últimas semanas volvió a mí el recuerdo de la dama de honor; un encuentro fortuito con ella lo reinstaló en el presente. Desde entonces, tengo la idea de lograr un acercamiento.
Pese a lo intrincado de las teorías freudianas y kármicas, yo soy sólo un hombre obsesionado con una mujer. No pretendo un final en el cual suene “Bello Danubio Azul” en una iglesia, ni un imposible beso sangriento que nos una eternamente cual vampiros; me conformaría con mucho menos.

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sábado, junio 30, 2007

El abusador del oeste
por Luciano Doti

Fue una tarde de abril a eso de las seis, justo al caer el sol. Luis subió a su auto, manejó hasta el centro comercial en Ciudadela, estacionó y entró como uno más al área de compras, sin llamar la atención. Recorrió las góndolas en busca de lo que necesitaba, cuando lo encontró no le perdió pisada; era una mujer de unos veintiocho o treinta años. Manteniendo la discreción, la siguió al patio de comidas.
Cuando la joven salió hacia el estacionamiento, Luis continuó detrás suyo. Ya era de noche y el sector en que ella había dejado el auto estaba poco iluminado. Escuchó el eco de unos pasos. Un segundo después, Luis la tomó en sus brazos, la obligó a subirse la minifalda y bajarse la ropa interior. La tenía contra el rodado y la amenazaba con un cuchillo para que no grite. Luego se arrodilló, colocó su cabeza entre las piernas de ella y bebió la menstruación. Su instinto no había fallado; para Luis era fácil saber cuando una mujer tenía la regla y así obtener de ella la sangre que él necesitaba. Una vez que concluyó, subió a su auto y se alejó ráudamente. La mujer quedó tan shockeada que asistió a la fuga de su bejador sin emitir palabra.

Cuando la policía tuvo el caso en sus manos, no le dio demasiada importancia. Después de todo ni siquiera podía considerarse eso una violación, apenas abuso deshonesto, y la ola de delitos que abatía por esos días al conurbano bonaerense, una gran parte de ellos con víctimas fatales, requería la mayor atención de los agentes.

La semana siguiente se repitió un caso bastante parecido, pero esta vez se trataba de una adolescente de dieciséis años que volvía del colegio. La chica cursaba cuarto año en un colegio católico de Ramos Mejia, localidad lindante con Ciudadela, por lo que la policía no dudo en relacionar ambos casos; sobre todo después de que la víctima confesó con vergüenza, y conmocionada hasta el llanto, que su abusador le había practicado sexo oral, y que justo ese día ella tenía la menstruación. Fue así que el caso tomó notoriedad. Los diarios más sensacionalistas llegaron a dedicarle dos paginas al ”abusador de el oeste”.

Néstor era un muchacho muy sugestionable, con poca personalidad, de carácter pusilánime e irresoluto, leyó la nota en el diario y lo invadió un impulso por hacer lo mismo. La idea de forzar una mujer a desvestirse y beber su flujo menstrual le resultaba interesante. Siempre había tenido mucho interés por las historias de vampiros y ahora sentía que era su momento.
Esa noche, Néstor tomó alguna cerveza de más, abonó la cuenta al mozo y al levantarse se sintió un poco mareado. Salió del local con paso enclenque, pero sin perder el equilibrio; no era la primera vez que se pasaba de copas. Cuando estuvo afuera, decidió que volvería a su casa caminando; eso lo ayudaría a sentirse mejor. Hubo unos jóvenes, de esos que están en las veredas de los maxiquioscos, que se acercaron para pedirle una moneda, Néstor no quería problemas, así que metió las manos en sus bolsillos y extrajo veinticinco centavos para ellos. Los muchachos no parecían conformes con la magra recompensa, pero igual agradecieron. Un poco más adelante, vio a una mujer que bajó del colectivo, iba sola, vestida con un jean y una remera de lycra. Debido al frío que había empezado a hacer a esa hora, llevaba una marcha apresurada; por eso no advirtió cuando Néstor la siguió detrás, abandonando la avenida e internándose en ese barrio poco iluminado. La dama se pavoneaba con un andar que cautivaba a su perseguidor. El jean era ajustado, tanto como para que la mínima ropa interior se marcara, dejando como dibujado un trasero muy bien formado. Néstor tuvo una erección que le hizo olvidar la borrachera, miró para todos lados y cuando creyó estar seguro de que no había nadie, puso sus manos sobre el cuerpo de la mujer. Ella gritó, y se escuchó la orden de una tercera persona:
-¡Alto!

El comisario con jurisdicción en la zona dispuso que se reforzara la vigilancia. El abusador del oeste seguramente volvería a hacer de las suyas, por eso en algunas esquinas de ese barrio había apostados policías, a la expectativa para desbaratar cualquier tipo de acción sospechosa.
Uno de esos agentes era Pedro Gómez, se había incorporado como suboficial de la fuerza sin mucha convicción. Su novia había quedado embarazada, y él, un desocupado sin estudios secundarios, no había tenido otra opción que ésa. Así que ahí estaba, custodiando una calle, esperando que no sucediera nada raro para poder volver a su casa. Por aquellos días, la ola de delincuencia se estaba llevando a varios camaradas. Para él, y los otros también, regresar al hogar y reencontrarse con su familia era un milagro que celebraba a diario.
La noche transcurría, por suerte para Pedro, sin ningún sobresalto, cuando vio que se acercaba una mujer. Luego vio a un hombre. Pedro permaneció en su lugar contemplando la escena. El hombre se abalanzó sobre la mujer. El suboficial se sorprendió, pero, al escuchar los alaridos de la mujer, desenfundó su arma, se acercó unos pasos y dio una orden:
-¡Alto!
El sujeto masculino se dio a la fuga aprovechando la oscuridad; no le fue difícil llegar a la esquina, doblar y perderse en la noche. La mujer quedó atónita junto al policía que intentaba calmarla. Detrás de las puertas y ventanas, los vecinos eran curiosos testigos que se adivinaban sin dejarse ver, un poco por temor, y otro poco para que luego no los sorprendiera una maldita citación judicial que les hiciera perder una jornada de trabajo, con la angustiante situación económica que se vivía por esos días, cuando no el empleo mismo, para quienes estuvieran con un trabajo temporal.
Cuando Néstor dobló en la esquina sentía palpitaciones en todo el cuerpo. El corazón le latía a una velocidad inconmensurable. Caminaba rápido pero sin correr. Aunque quería alejarse lo más pronto posible del lugar de la escena, prefería hacerlo a media marcha para no llamar la atención. Al llegar a la otra esquina, cruzó a la vereda de en frente, y luego dobló para tomar la calle paralela a la del hecho. Lo hizo describiendo una línea diagonal, y mirando hacia todas las direcciones. Ahora Néstor ya se sentía un poco mas aliviado. El aire llenaba sus pulmones. El corazón se serenaba, y hasta se permitía mirar al cielo y sentirse libre al abrigo de la luna.

La mujer le dijo al policía que no se preocupe, y que mejor se iba porque en su casa el marido estaría esperándola. El policía le respondió que si eso quería, no había ningún problema; después de todo el agresor se había fugado, y no quedaba mucho más por hacer. La mujer continuó su camino, Pedro Gómez, suboficial de policía, le miró el trasero, entonces, a medida que ella se alejaba, él se sintió con un problema menos, libre al abrigo de la luna.

Néstor volvió a salir a la avenida. El frío lo había reanimado. Llevaba un paso veloz y estaba mentalmente ensimismado. Cruzó una de las calles transversales que cortaban la avenida. Al llegar casi a la mitad, un auto pequeño de tres puertas dobló a toda velocidad, el dio dos pasos atrás justo a tiempo; luego miró el semáforo frente a sí, una diminuta figura humana iluminada en color rojo le indicaba que se detenga; volvió a subir al cordón y miró el otro semáforo, el de la avenida, era de giro, con una flecha iluminada en verde, esperó a que pasaran uno, dos y tres autos delante de él, hasta que la figura humana frente a él ya no era roja sino blanca, entonces sí, cruzó la calle y reanudó su camino. Más adelante, al pasar frente a un bar, entró por un trago.

Luis estaba en el sillón del living, con el control remoto en su mano derecha pasaba distraídamente todos los canales, tenía la mente en otra parte. Esa noche había luna llena, lo invadía una lujuriosa necesidad de sangre; el impulso se hacía incontrolable. Sonó el timbre. Se levantó para abrir y preguntó:
-¿Quién es?
-Soy yo: Claudia.
-Hola. ¿Qué te pasa? Estás agitada.
-Me quisieron asaltar.


En realidad ella había notado que las intenciones del hombre que se le abalanzó encima eran otras, pero prefería darle esa versión a su marido.
-¿En qué lugar?
-Aquí a tres cuadras, al bajar del colectivo. No fue nada -Dijo ella tratando de minimizar el hecho.- Voy a preparar la cena -Acotó para terminar con el tema.
-Por mí no te molestés, voy a salir.

Lorena era una chica de dieciséis años; su familia, de clase media-baja. Se crió en el “Fuerte Apache”, aunque ella siempre prefirió referirse a su barrio con el nombre oficial de Barrio Ejercito de Los Andes. Su novio también era del mismo barrio. Estuvieron saliendo cinco meses hasta que ella quedó embarazada. Cuando el supo la noticia se enroló en la policía, se casaron y alquilaron un departamento tipo casa en Ciudadela. Ahora, se estaba haciendo la hora en que su esposo llegaba a casa, cuando se percató de que no había gaseosa; así que decidió salir a comprar una. Le daba un poco de miedo salir sola tan tarde, pero el centro comercial no estaba lejos de su casa. Iba con un paso apresurado recorriendo el trayecto hacia el comercio, hasta que notó una perdida de sangre, nada de otro mundo, pero el asunto la preocupaba por temor a perder el embarazo. Entró rápidamente al centro comercial, tomó la gaseosa en sus manos, un paquete de apósitos femeninos, pasó por la caja y salió nuevamente afuera. En el estacionamiento del lugar un hombre la vio y comenzó a seguirla, sin acercarse demasiado.

Esa noche Luis volvió otra vez al centro comercial de Ciudadela, cuando llegó ya era casi la hora en que cierran. Dejó el auto en el estacionamiento y justo en el momento que estaba echándole llave a la puerta, su particular instinto se despertó. Su vista se clavó en una adolescente que salía del supermercado, con una bolsa en la mano. Luis decidió seguir a la joven sigilósamente para no llamar la atención. Cuando Lorena estuvo de vuelta frente a su casa y sacó la llave, el hombre que la seguía se acercó más, sacó una navaja, se la colocó en el cuello a ella y la obligó a dejarlo ingresar al interior de la vivienda.

El suboficial Gómez llegó a la puerta de su casa después de cumplir la guardia, tocó timbre y esperó a que su esposa le abriera. Al no obtener respuesta le gritó por la ventana:
-¡Lorena, abrime, soy yo...!
Nadie contestó. Buscó la llave en el bolsillo y abrió la puerta. En el interior del hogar la volvió a llamar:
-Lorena. ¿Dónde estas? -Dijo él.
-En la pieza. ¡Ayudame! -Respondió ella con un grito ahogado.
Pedro se dirigió a la pieza; dentro de la misma su mujer ya casi desnuda, estaba sobre la cama. Luis lo estaba esperando con la navaja en la mano. Lorena al ver a su esposo le avisó:
-¡Cuidado! Tiene una navaja.
Pedro sacó su arma reglamentaria y le disparó. Casi al mismo tiempo preguntó:
-¿De dónde salió este tipo?
-Me atacó cuando estaba abriendo la puerta, venía del súper y...
-Está bien, no te preocupés. ¿Estás bien?
-Creo que sí.

Luis yacía en un charco de sangre. Ahora tenía todo un charco de sangre para él, pero no mucho tiempo para disfrutarla. Su respiración era dificultosa, de su tórax seguía saliendo sangre a borbotones. Con el último aliento estiró su mano izquierda, se aferró a la pata de la cama y tras unas convulsiones murió.

Al otro día, la prensa se ocupó del tema: “el abusador del oeste abatido por un policía”. Los medios sensacionalistas volvieron a dedicar dos páginas y varias horas de TV al tema. En algún lugar de la ciudad, Néstor se enteró de la noticia, y sólo después de verificar que su incidente no había trascendido, se sintió aliviado.

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