Saturday, January 28, 2012

Demonios Nocturnos
Luciano S. Doti

Era la madrugada, y no dormía. Estaba cansado, eso sí, pero no había podido conciliar el sueño. Llevaba intentándolo largo rato, dando vueltas en la cama, buscando una posición que facilitara su descanso. Todo era infructuoso. Dormitaba. De vez en cuando caía en un estado de sopor, para luego salir de él dando un respingo. Tenía el cuerpo tenso, especialmente el cuello. Sentía una fuerza opresora sobre el pecho, con algún que otro pinchazo en el corazón. No lograba dejar de prestar atención a cada uno de sus signos vitales; latidos, respiración...Inhalar y exhalar aire por la nariz, con la boca cerrada, lo sumía en ese estado de sopor, de ensueño. Pero allí su mente creaba visiones muy raras: serpientes, luces, figuras fantasmagóricas, etc. Al regresar al estado consciente, encendía la luz del velador junto a la cama, cuyo interruptor tenía al alcance de su mano. Entonces, su mente, en pocos segundos, recuperaba la cordura perdida en el breve lapso que había pasado en lo profundo de ese abismo nocturno. Tras ese segmento temporal de zozobra, a veces apagaba el velador, dejando nuevamente el dormitorio a oscuras. En otras ocasiones, se levantaba de la cama e iba a beber un vaso de agua. Atravesaba descalzo el pasillo y el comedor, y ya en la cocina abría la heladera desde la cual la luz interna de la misma se proyectaba sobre las paredes y el mobiliario del ambiente. Él, sensibilizado como estaba, era invadido por un absurdo temor generado por una supuesta e improbable presencia extraña en el lugar. Se dejaba caer sobre una silla e, inerte, fijaba la vista en el sitio donde supuestamente había visto esa aparición, buscando constatar que allí no hubiera nada; y, en efecto, no lo había. Luego, superado el incidente, regresaba a la cama y retomaba el intento de dormirse.
Algunas de esas noches, tenía sueños alucinógenos en los que se encontraba a un perro, o algo parecido, para hablar con mas propiedad. Era un can negro, pequeño, y poseía un solo ojo. Sí, uno solo. Le ladraba y gruñía con furia. Exhibía su dentadura en modo desafiante, y él no lograba escapar. Enviaba desde su cerebro la orden de abandonar la escena y ponerse a salvo, pero sus piernas, agarrotadas, no le respondían. Por lo tanto, quedaba siempre a su alcance, presa de ese engendro dueño de una mandíbula provista de filosos colmillos que, con un único mordisco, sería capaz de desgarrarle la carne en jirones. Encima, ese ojo, negro en la pupila y amarillo en la cornea, lo observaba. Era como si el órgano visual del perro tuviera la facultad de hipnotizarlo y paralizarlo, dejándolo despojado de toda capacidad de reacción. Permanecía a merced de ese animal hasta que, ya sin ninguna chance de sobrevivir a su inminente ataque, despertaba dando un estertoroso salto, como emergiendo desde una profundidad que no pertenecía a este mundo; un inframundo vedado a la mayoría de los mortales y del cual él, por razón nefasta y desconocida, poseía la clave de acceso gravada en su subconsciente. El susto le duraba unos minutos. Para calmarse encendía la luz una vez más y pensaba acerca de la simbología onírica, en la posibilidad de que esa pesadilla fuera portadora de un mensaje; que fuera una advertencia.
A la mañana, despertaba cansado, sin haber descansado lo necesario. Pese a ello, iba a su trabajo sin problemas. Una vez que se alejaba de la casa, ya nada lo perturbaba. Su día transcurría con total normalidad. Al regresar al hogar, con la noche cubriendo la ciudad, se activaba el efecto que lo atormentaba sin darle un respiro.
Una de esas noches, probó recitar los salmos bíblicos y logró que los cristales de la ventana temblaran peculiármente. Esto lo condujo a argüir que esos fenómenos paranormales eran producidos por alguna fuerza demoníaca. Fue entonces que relacionó lo que estaba sucediendo con el templo umbanda con el que compartía la medianera. La Biblia era muy clara al condenar la idolatría desde su primer mandamiento: “No tendrás otro dios, porque Yo soy tu único Dios”.
Buscó un bidón de nafta en la cochera, ese que guardaba por las dudas, y roció una parte del templo vecino con su contenido, después encendió un fósforo y lo lanzó sobre el combustible; todo comenzó a arder. Los bomberos llegaron cuando ya se había consumido más de la mitad de la edificación. A él se lo llevó detenido la policía sin que opusiera ninguna resistencia. Estaba seguro de haber hecho lo correcto, y confiaba en que Dios intervendría a favor de su pronto sobreseimiento.

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Sunday, January 01, 2012

Mundo creciente
Luciano Doti

Ésta es la historia de un mundo en el cual todo crecía de manera constante y proporcional, incluso sus habitantes, quienes vivían pacíficamente, sin notar ninguna diferencia entre el presente y el instante previo.

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Thursday, December 08, 2011

Al otro lado
por Luciano Doti

El hombre estaba exultante; venía planeando esto desde hacía meses; a decir verdad, años. Había abrevado en las teorías cabalísticas que enseñan que existen varias realidades; que cada vez que uno piensa en algo, y evalúa hacerlo, lo haga o no en esta realidad, hay otra realidad en la cual eso ya se lleva a cabo. Por lo tanto, el derrotero de la vida de una persona se parece bastante a las ramas de un árbol. Uno es algo aquí, pero existe otra realidad en la cual ya es lo que quiere ser. Cuando sufrimos ante la sensación de no estar alcanzando nuestras expectativas, deberíamos consolarnos pensando que en realidad estamos añorando algo que ya tenemos al otro lado. Hay infinidad de mundos paralelos, tantos como decisiones hemos tomado en la vida; los caminos se bifurcan a diario, y nos conducen a uno de los tantos destinos que tenemos disponibles; aunque paralelamente “otros yo” estén en esos innumerables destinos que no supimos elegir.
El hombre soñaba con encontrar el portal que lo llevara a uno de esos mundos paralelos donde era lo que siempre había querido ser. Algunos hablaban de un espejo y cierto conjuro; recitar ese conjuro frente a un espejo y pasar al otro lado, a otra dimensión, donde fuera posible fusionarse con “otro yo” triunfante, en un mundo que pretendiera reproducir al suyo, pero de modo diferente. Ése era el día; se paró frente al espejo de su habitación y comenzó a recitar algo en un idioma inintelegible, convencido de que más allá lo esperaba su destino soñado.

Publicado por primera vez en el n.113 de la revista miNatura

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Sunday, November 13, 2011

Nueva era
Luciano Doti

La simulación de una misión a Marte había concluido unos días antes. Era 11-11-11 y el Uno decidió que la humanidad ya se encontraba en un nivel de evolución que le permitiría comenzar una nueva era.

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Saturday, October 22, 2011

Desierto
por Luciano Doti
El desierto es una enorme extensión de tierra. Una superficie plana, reseca y resquebrajada que se extiende hasta la línea del horizonte; allí, donde se funden suelo y cielo, lo material y lo absoluto. El viento sopla infatigable, eterno, corrompe las rocas y sigue soplando. El polvo vuela libre, se eleva, para luego caer. Es un paisaje monótono, de cosas sin vida; para ellas el tiempo transcurre más lento; la erosión de una roca puede durar siglos, dado que la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Los únicos que alteran esa monotonía son algunos coyotes e iguanas que, sorteando cactus, atraviesan el territorio desafiando al viento. Durante el día, observo todo desde la ventana del rancho en el que estoy parando junto a Maggie. Escribo este relato mientras Febo, con su calor abrasador, castiga a todo lo que encuentra a su paso por el campo. La puesta del sol es un espectáculo único: Maggie y yo salimos afuera, y nos sentamos en silencio a contemplar como el disco de fuego se oculta en el oeste, a medida que una brisa de aire, todavía cálido, trae la oscuridad. Es ése la clase de momento en el que uno se reencuentra consigo mismo, lejos del mundanal ruido, y cerca, muy cerca, de Lo Absoluto.

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Saturday, September 24, 2011

El vampiro (leyenda urbana)
Luciano Doti

En Lomas del Mirador, hay un parque llamado Monte Dorrego; es un espacio verde con unos cuantos árboles y algunas edificaciones, entre ellas un antiguo orfanato y una capilla abandonada, que han dado lugar a algunas leyendas urbanas. Una de ellas dice que en la década de 1980 habrían aparecido algunas personas muertas por ataques, como degolladas. Pero siempre un amigo de un amigo y nadie recuerda haber visto la noticia en los medios.

Alguien afirmó haber estado paseando durante la noche por ese parque con un amigo. Luego, él y su amigo se separaron y quedaron en encontrarse más tarde, pero ese amigo nunca apareció. Faltando poco para el amanecer, se encontró a un hombre de pelo largo, le dijo que era húngaro, que se llamaba Johann y le decían Juan, que estuvo casado con una argentina ya fallecida de nombre Liliana a la cual visitaba en su tumba de la Recoleta, y que era un vampiro; que no buscara más a su amigo porque había sido su cena, y que él agradeciera que ya había saciado su sed de sangre. Después, le prometió una señal: la mañana siguiente recibió en su buzón un anillo ensangrentado que creyó reconocer; lo llevó a la policía; la sangre era de su amigo.


Publicado por primera vez en el n· 112 de la revista miNatura.

Thursday, August 25, 2011

La paloma negra

Luciano Doti

La tarde de un lunes cualquiera, Claudio sale a caminar, recorre algunas calles, conocidas para él, y se pierde en un entramado de éstas. Luego de dar vueltas, giros y contragiros llega a una plaza. La misma está desierta, entonces se sienta en un banco y el frío comienza a helarle la sangre. Así que, decide tomar alguna bebida de alta graduación alcohólica. Casi sin pensar, se desplaza por una de las arterias de ese barrio, que no vale la pena identificar, sobre todo teniendo en cuenta lo que va a suceder después. La cuestión es que al llegar a la puerta de ese bar, del cual no tiene conocimiento previo, ingresa, se sienta en una mesa junto a la ventana y pide su espirituosa bebida; ginebra para mas precisión. Después de un rato bebiendo de a sorbos ese veneno, su cuerpo se calienta y queda en un estado de ensoñación. Unos ruidos le llaman la atención; es una paloma negra, que utiliza su pico como una herramienta para embestir insistentemente contra el vidrio de la ventana; luego se vuela, y la mente de Claudio vuela con ésta. En un instante se halla conduciendo una lancha; ahora no se trata de un entramado de calles sino de ríos, pero otra vez esta perdido. El lugar es algo así como el delta del río Paraná, sólo que los cursos que recorre se llaman Flegetone, Cocito y Aqueronte. Adelante y en lo alto, en vuelo triunfal, lo guía la paloma negra, y el la sigue detrás hasta el fin. La paloma se posa sobre una rama de ceibo en una isla, con su pico señala hacia abajo. Claudio amarra la embarcación en la orilla y salta a tierra firme, al caer sus pies se hunden en el lodo; luego enciende una fogata porque el sol esta en su ocaso y la noche avanza; después se sienta bajo la atenta mirada de la paloma. Cuando la oscuridad ya le gano al día y sólo el fuego, único punto de referencia, brilla en el sitio, hace su aparición un espectro; el mismo le indica a Claudio que debe hacer una ofrenda a su líder. La ofrenda consiste en cavar un pozo y arrojar en él: primero leche y miel, después vino, y para terminar agua y harina; luego debe sacrificar a la paloma negra y ofrecer su sangre a los espectros para que se materialicen. Uno de los espectros se acerca a Claudio, éste duda durante un instante si ofrecerle o no la sangre. Finalmente extiende su brazo y el espectro bebe. Luego de materializarse habla:

-En esta isla vagamos los insepultos, condenados a deambular por aquí eternamente hasta que alguien se apiade de nosotros -Claudio cree reconocer esa voz, pero lo deja continuar su relato sin interrumpir- Hace pocos años que abandoné el mundo en el que aún tu habitas, pero largo período paréceme a mí. Yo fui amigo tuyo en la infancia, por eso te pido que busques mis huesos en un lugar que te indicaré y les des sepultura, sólo así podré cruzar a la otra orilla y continuar mi viaje hacia el Hades.

En la otra orilla, repite mentalmente Claudio, como un eco de la voz del espectro. Después deja por un momento a su fantasmagórico amigo y se acerca a la costa, un poco más allá divisa a una embarcación; la conduce un viejo. Una vez que Claudio está junto a él, el viejo ataviado con un andrajoso manto se apea, para que su pasajero pueda subir. Luego dice:

-Mi nombre es Caronte, me envían para que te muestre la isla de los muertos. Esta noche te será revelada la verdad. Siempre te has preguntado por estas cosas y no hallabas el modo de averiguarlas, hoy has abierto la puerta.

El viejo comienza a remar. Claudio en silencio acepta el derrotero propuesto por ese desconocido. Cuando por fin llegan a la otra orilla, el viejo le indica que descienda con un ademán de su brazo derecho. Claudio obedece y camina hacia el interior de la isla.

Silencio, se siente observado, ¿pero por quién? Allí no hay nadie. Nadie que sea perceptible a sus sentidos; todos ellos tan terrenales que le resultan inútiles en ese lugar. El aire es tibio. El cielo negro, decorado con pequeños brillos de metal. Está solo, pero se trata de una soledad que se siente, casi se la puede tocar. Se da cuenta que ha alcanzado un estado diferente, algo desconocido para él. Recuerda lo que le ha dicho el viejo que lo trajo hasta allí:”esta noche te será revelada la verdad”. El miedo del principio deja lugar a una curiosidad voraz. Se sorprende el mismo cuando se ve avanzando más. Un grupo de árboles frondosos le bloquea el panorama. Él continúa su recorrido. Ya está cerca de conocer todo, detrás de ese cordón de árboles está la verdad. Se introduce en ellos. Una rama le roza el hombro.

-Señor, se quedó dormido, tenemos que cerrar -dice el mozo del bar, palmeándole el hombro.

Claudio abona la cuenta y se va, está tan ebrio que no reconoce el camino que toma. Además, el sueño que tuvo le ha dado más confusión. No puede distinguir el sueño de lo real. Pero, ¿y si no fue un simple sueño, si se trató de un mensaje revelador? Uno se pasa la vida soñando, pero hay algunos de esos sueños que se los pueden sentir. Es una sensación como la que Claudio experimentó en la isla de los muertos, un sexto sentido que se activa por desdoblamiento.

Cuando Claudio me contó esto, fuimos juntos a ese barrio que no vale la pena recordar; habíamos llegado a la conclusión de que en ese bar se hallaba la puerta hacia otra dimensión, pero, por más que dimos vueltas, giros y contragiros por ese entramado de calles, no lo pudimos hallar. En un momento, Claudio creyó reconocer el local, preguntamos, pero nos dijeron que allí jamás hubo un bar.

Publicado por primera vez en la antología Terreno Literario, Editorial De los Cuatro Vientos. Buenos Aires, 2005.